Quién Soy

Mi relación profesional con las empresas empezó hace casi treinta años, cuando estudiaba Administración de Empresas.

Buena parte de los años siguientes los pasé creando, dirigiendo y asesorando negocios de distintos sectores y tamaños.

Eso me permitió conocer la empresa desde un lugar que todavía hoy condiciona mi manera de verla: el de quien tiene que tomar decisiones.

 

He tomado algunas con toda la información sobre la mesa y otras con bastante menos de la que me habría gustado tener. He visto cómo una decisión aparentemente pequeña puede terminar afectando a clientes, empleados, proveedores o resultados. Disponer de buena información no garantiza que vayas a acertar, pero cambia radicalmente el lugar desde el que decides.

Cambió mi posición frente a la empresa, pero no mi manera de mirarla.

Años después empecé a trabajar profesionalmente como redactor y copywriter.

Desde entonces he escrito artículos, webs, campañas, landing pages, documentos técnicos y muchas otras piezas para empresas de prácticamente todos los tamaños y sectores, muchas veces junto a agencias de marketing y comunicación.

Eso me ha permitido observar qué ocurre cuando una empresa pone su comunicación en manos de otros.

Y es perfectamente lógico que lo haga. Un empresario no tiene por qué escribir los artículos de su blog, preparar una newsletter o editar el último vídeo de Instagram. A medida que una empresa crece, delega: contrata profesionales, crea departamentos, trabaja con agencias y ahora incorpora herramientas capaces de producir comunicación a una escala difícil de imaginar hace pocos años.

Lo que empezó a interesarme estaba en otra parte.

Durante años he recibido briefings extraordinariamente precisos: palabras clave, audiencias, enlaces, extensión, estructura, posicionamiento, conversión, llamadas a la acción. Información capaz de explicar con bastante precisión qué debía conseguir una pieza.

Y muchas veces me faltaba información para responder una pregunta mucho más sencilla:

Una comunicación puede posicionar en Google, conseguir clics, generar interacción o atraer oportunidades y estar haciendo perfectamente su trabajo. Al mismo tiempo, puede decir muy poco sobre la empresa que la firma.

Porque una empresa no es solamente lo que vende. También está en las decisiones que toma, en aquello que considera importante, en su manera de relacionarse, en los límites que establece y en lo que conserva cuando crece.

Para mí, la identidad está ahí.

Forma parte del negocio.

Y cuando una empresa delega su comunicación, no debería necesitar recuperar el teclado para conservarla. La cuestión es conseguir que quienes hablan en su nombre dispongan también del criterio necesario para hacerlo.

Ahí confluyen hoy dos partes importantes de mi experiencia profesional: conozco lo que significa estar dentro de una empresa y tener que decidir, y llevo años trabajando desde el otro lado, convirtiendo necesidades, decisiones e ideas empresariales en comunicación.

De esa confluencia surge Arquitectura de Criterio e Identidad Comunicativa, un sistema que he desarrollado para observar y medir la distancia entre lo que una empresa es y aquello que está comunicando.

Su función es concreta: convertir esa observación en información estructurada para que quienes tienen que decidir sobre la comunicación de una empresa puedan hacerlo con más conocimiento.

Hoy ese trabajo ocupa una parte importante de mi actividad como especialista en comunicación empresarial.

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